Título original: Shadow Ticket.
Año de publicación: 2026.
Autor: Thomas Pynchon.
Editorial: Tusquets.
Traducción: Vicente Campos.
"...Boynt-que culpa a la Prohibición de todo-, dándole un pomposo discursito a lo W.C. Fields, se apresura a explicárselo in extenso:
-¿Quieres saber por qué hay de repente tantos guardas y detectives privados por todas partes?: es por la ley seca. Hizo que se les perdiera tanto el respeto a la policía de la ciudad, la del Estado y la federal que ahora tenemos este trajín de clientes más que dispuestos a recurrir a tipos duros del sector privado como nosotros antes que confiar en el Departamento de Policía de Milwaukee, aunque sus polis bobos y sobrealimentados están destinados a heredar el poder terrenal, puedes apostarte el alquiler a eso; a que los detectives privados y los diletantes postuniversitarios de hoy acabarán dispersados, perdidos, engrosando el inventario de incontables parados...oh. Espera. No es nada personal, olvídate de tu tío Lefty, con quien comparto un triste pedazo de historia, buena parte de ella en la cárcel -empieza Boynt, y así hasta completar una velada empapada en licor barato, durante la cual Boynt ni siquiera tiene la cortesía de quedarse en la oficina y, en vez de eso, arrastra a Hicks de un antro nocturno secreto a otro, muchos de ellos desconocidos por Hicks hasta ahora-.Sí. Si lo miras, dirías: todo tranquilo, es el Medio Oeste, no pasa gran cosa, pero solo tienes que doblar la esquina, probar a mirar desde otro ángulo, y verás una historia muy diferente. Qué cosas se deslizan de un bolsillo a otro, qué se hunde, y a veces quién se hunde, en el lago pasada la medianoche, qué le ocurre a los negros en las comisarías...Chicos hitlerianos, mafia siciliana, pasillos secretos y túneles de salida, humo demasiado denso como para ver a través de él...ahí tienes Milwaukee, tu Ciudad de color Crema, chico, paraíso de la higiene mental, pero, por debajo, la urbe late a toda prisa, completamente desquiciada, eso si tuviera un corazón, que no lo tiene".
A sus casi noventa años, Pynchon (Long Island, 1937) ha tenido a bien publicar una nueva (¿la última?) obra. La encuentro expuesta en la sección de novedades, de improviso. La leyenda que, con los años, se ha construido en torno al neoyorquino le precede y ha trascendido a sus obras; una fascinación alimentada por el mismo misterio que envuelve su figura, o por la poca información de la que se dispone acerca de él. Algo en el hecho de permanecer oculto de la mirada pública durante tantos años, a pesar del éxito de sus novelas, encuentra cierta consonancia con sus obras; un hecho que, por otra parte, no puede deberse sino a una decisión consciente e intencionada.
Y es que los personajes de las novelas de Pynchon parecen tener la poderosa pulsión de escapar, no sé exactamente de qué y por qué, pero se intuye en ellos el impulso de fundirse en la noche para nunca volver a ser encontrados; permanecer en las sombras, ocultos in aeternum. Luego aparecen de la nada, en la bruma, de forma abrupta y sin un propósito muy claro, y se vuelven a ocultar hasta nadie sabe cuándo. Nunca sabremos con certeza a qué obedece su conducta ni qué intereses subyacen bajo esa superficie. Sus nombres acostumbran a ser extravagantes. Algunos de ellos ostentan una habilidad fascinante en algún campo muy concreto y demasiado poco común. Todo lo dicho infunde a los personajes una sensación de irrealidad, propia de los dibujos animados o de seres de ensueño.
El tono y el estilo de Pynchon acentúa esa sensación. El de Long Island narra de una forma fragmentada, con rupturas en la continuidad narrativa, omitiendo información en ocasiones o explorando bifurcaciones para luego volver a la trama principal. Es evidente que no le interesa ponérselo fácil al despistado lector, lo cual supone un reto, y en este se deposita la elección de seguir adelante con el ánimo de clarificar el sentido de la novela, aunque deba hacerlo a ciegas, o de cerrar el libro de forma violenta y sonora, con un gruñido; nosotros aceptamos el reto, de buena gana.
Huelga añadir que la narración está sembrada de situaciones tan disparatadas como los personajes que las protagonizan (v. gr. un río plagado de quesos explosivos, arrastrados por la corriente, que revientan al tocar las embarcaciones, hundiéndolas en el acto, lo que requiere que unos francotiradores se aposten en la orilla y hagan blanco en el lácteo; la existencia de la policía del Roquefort, las squadri del Gorgonzola, un comando especializado en cuestiones queseras llamado SinInQue, autorizados a irrumpir a través de ventanas, traspasar paredes y colocar explosivos en virtud de sus funciones de la vigilancia del Queso; Bruno Airmont, el Al Capone del Queso).
Aterricemos en el libro. 1932, años de la Gran Depresión en Estados Unidos. Desde la primera página establecemos contacto con el que va a ser el protagonista de esta historia: Hicks McTaggart, sabueso privado empleado en la agencia Unamalgamated Ops (U-Ops) en Milwaukee, Wisconsin. Hicks es un rompehuelgas reciclado en detective, con talento extraordinario para el baile, y está enamorado de una bailarina llamada April, que a su vez resulta ser la novia de un viejo mafioso que responde al nombre de Don Peppino Infernacci (¿qué os decía de los nombres?). El jefe de Hicks en U-Ops, Boynt Crosstown, encomienda al sabueso, a pesar de la reticencia inicial de este último, un caso extraoficial, un shadow ticket (de ahí el título original): localizar a Daphne Airmont, la hija de un pez gordo de la industria quesera, y traerla de vuelta a casa. Una serie de sucesos llevarán a Hicks al otro lado del océano, a Europa; más concretamente, a Hungría y a lo que hoy conocemos como Croacia, donde intentará cumplir con su encargo deambulando por los clubes de jazz de Budapest, entre big bands, fascistas motorizados, ladrones, médiums y espías británicos y soviéticos.
Una cierta predisposición a la paranoia, el uso de la tecnología aplicada a la guerra, la fascinación por aquello que se desconoce, el reescribir la historia desde perspectivas novedosas. Todos ellos son elementos presentes en la literatura de Thomas Pynchon. Una lectura densa en información, impredecible, aparentemente errática, muy poco convencional, rara si se quiere y, a la vez, divertidísima y sublime; autores como Pynchon nos redescubren y nos reconcilian con el arte de narrar historias, nos permiten atisbar por una rendija el enorme potencial que tiene la literatura.

Comentarios
Publicar un comentario