Editorial: Siruela.
Año de publicación: 2006.
"Permanecieron callados, mirando al saxofonista muerto.
-Debió de ser horrible. ¿Has visto sus ojos?-el doctor Barrio rompió el silencio, queriendo saber si el inspector estaba tan impresionado como él.
Leo Caldas asintió y volvió a reparar en aquellos ojos que le habían conmovido desde el primer momento. De cerca, el impacto que producían era aún mayor. Mostraba el sufrimiento al que Reigosa había sido sometido con tanta crueldad, un tormento sordo sin siquiera la posibilidad de gritar para aliviarlo. Recordaba haber leído una frase de Camus que decía algo así como que el ser humano nace, muere y no es feliz. A pesar de no conocerla, intuyó que aquélla había sido la vida del hombre que yacía en la cama, lívido de muerte".
Agosto llega a su fin y con él acaba el tiempo propio de las novelas de mar, de los relatos de aventuras. Hubo años en que mis veranos pertenecían a Stevenson, a Conrad y a London; el presente fue de Perucho, de Ordaz, de Víctor Català. Agosto invita al mar, a sumergirse en él, a embarcarse en alguna aventura y adentrarse en grutas (marítimas y literarias) nunca vistas, aún cuando el trabajo precarizado nos deja cada vez menos tiempo para ello. Satisfecho de esas lecturas, y con renovada sed de una buena novela negra, abordo la pila de pendientes y escojo "Ojos de agua" (2006) de Domingo Villar (Vigo, 1971) para poder seguir convocando al mar. Se trata de un libro corto, de menos de doscientas páginas, lo que sugiere accesibilidad. Además, y pese a poder leerse de forma independiente, integra la primera parte de la trilogía de Leo Caldas. Le siguen "La playa de los ahogados" (2009) y "El último barco" (2019).
El protagonista es Leo Caldas, un policía de naturaleza tranquila y solitaria, que complementa su labor de investigación en la comisaría de Vigo con un consultorio en la radio que aborrece. En consonancia con el talante de la gente de su tierra, no es muy dado a expresarse en términos claros y directos. Tiene una predisposición a la empatía para con otros, pero puede ser contundente si la ocasión lo exige. El inspector es también aficionado a beber vino blanco y a comer luras y salmón en su taberna preferida, el Eligio. Se intuye que está atravesando un divorcio.
El caso empieza cuando el comisario Soto dispone que Caldas y su nuevo acompañante, Rafael Estévez, acudan a una dirección. Estévez es un policía nuevo en la comisaría, trasladado desde Zaragoza por motivos que se desconocen. Es tosco e impaciente, y le cuesta horrores adaptarse a la ambigüedad gallega. En el domicilio indicado por Soto, Caldas y Estévez encuentran a un saxofonista asesinado con formol. Para el crimen se ha utilizado un método cruel que, además, requiere conocimientos muy concretos, de los que no dispone cualquier ciudadano al uso. Entre temas de Billie Holiday, Miles Davis, Charlie Parker y otras joyas del jazz, los policías siguen el curso de la investigación cuyo rastro les guiará a una de las compañías más poderosas de la región.
El estilo de Villar era sobrio, elegante. Su narración no sólo pretendía seguir el curso de una investigación policial, sino ofrecer también una impresión de la tierra del escritor. El autor se detiene a explicar al lector los paisajes que ofrecen las rías y las playas viguesas, también el carácter de sus gentes; lo que se come, y lo que se bebe para acompañar la comida. A través de su novela podemos conocer algo mejor la sociedad gallega. Villar escribe en tercera persona y su personaje, Caldas, alberga una harmonía envidiable con su tierra. Es el hombre de ese momento y de ese lugar. Está en su sitio.

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