Autor: Osvaldo Soriano.
Año de publicación: 1980.
Editorial: Seix Barral.
"-Usted vino para la fiesta-dijo al fin.
Le contesté que sí.
-¿Y nunca había estado en Colonia Vela?
-No.
-Entonces no sabe lo que eran las fiestas de antes, sin que nadie venga a decir hoy es fiesta y mañana no. Duraban hasta que uno quería o hasta que no daba más el cuero...Después los tiempos cambiaron y yo me fui haciendo viejo. Todos nos fuimos haciendo viejos. Ya ve, casi no hay gente joven en el pueblo.
-¿Y eso?
Me miró un rato, como para adivinar si era tonto o me hacía. Al fin se encogió de hombros y largó el humo con fuerza.
-A muchos los mataron. Otros se fueron.
Le pregunté si quería tomar un cognac y me dijo que con mucho gusto. Los pedí. Las campanas de la iglesia empezaron a sonar otra vez y la gente salió de misa. Al rato la plaza volvió a estar viva. Era imposible imaginar de dónde salía tanta gente a no ser que la iglesia tuviera lugar para mil personas. El bar empezó a llenarse y no había nadie que no nos mirara al entrar. La cosa me divertía y podía ver de reojo como hablaban de nosotros en voz baja.
-Me dan lástima-dijo de golpe-. Son capaces de vender el alma por unos pesos y después van a misa para hacerse perdonar".
Mi pobreza en lo que se refiere a lecturas de narrativa hisponamericana es vergonzosamente inmensa. Fue con el ánimo de abordar esta carencia que inicié la lectura de Cuarteles de invierno, poco después de que cayera en mis manos un ajado ejemplar de Bruguera, del año 82. La cosa marchó, pues la devoré en dos días maravillado por el don narrador de Osvaldo Soriano (Mar de Plata, 1943).
Más allá de lo impactante de la novela y del peso histórico que sus páginas sostienen, hay algo en la forma relajada de narrar que tiene Soriano que me atrapó desde el primer momento. De una prosa fluida y sencilla, haciéndolo parecer fácil, el maestro alimenta el interés por la historia que se está desarrollando. Así el lector queda prendado, hambriento de más frases, anhelante de averiguar cuál será la suerte del boxeador y del cantor de tangos.
La novela fue escrita a lo largo del exilio belga y francés de su autor, que no regresaría a Argentina hasta el 1984. Son los años de la criminal dictadura, encabezada por las juntas militares y sostenida por la iglesia católica y el empresariado; años de un terrorismo de estado salvaje, entre cuyos crímenes se contaban asesinatos y torturas masivas, así como desapariciones forzadas. Entre París, Bruselas y Estrasburgo, Soriano confeccionó una novela ambientada en un pueblo inventado, de nombre Colonia Vela, tomado por los militares en la provincia de Buenos Aires.
Se avecinan las fiestas del pueblo, así que el capitán contrata a un cantante de tangos llamado Galván y a un boxeador en el ocaso de su carrera, Rocha, para amenizar las jornadas. Galván y Rocha son muy distintos en carácter y espíritu, lo que en algunas ocasiones es fuente de conflicto entre ellos, pero ambos llevan dentro de sí una dignidad insólita en aquel lugar hostil. Rocha y Galván acabarán por desarrollar una tierna amistad entre ellos mientras los militares, amos del pueblo, van dando salida a una violencia en un inicio contenida, pero que no dudarán en ejercer sobre todo aquél que no baje la cabeza ni se muestre sumiso a su despotismo.
Cuarteles de invierno es una novela sombría, con una violencia que flota en el ambiente y que puede llegar a ser brutal cuando se concreta. No obstante, pese a lo desalentador que eso pueda ser, también es una obra que invita a apuntalar y sostener la dignidad en tiempos de odio y autoritarismo como los que nos está tocando vivir hoy; se trata, por tanto, de una apología a la solidaridad: de reconocernos en los que más violencia sufren y de arrimar el hombro junto a ellos para transformar el estado de cosas existente. Ése es el rayo de luz que se cuela en el libro de Soriano, pues mientras exista alguien como Galván y Rocha una tímida esperanza subsiste.

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