"Cuando lo dice, nota que se le adelgaza la voz: el Misent de su infancia, el de las playas casi desiertas en las que el mar dejaba conchas, estrellas de mar, hipocampos, esponjas secas, y que olía a hierbas marinas que se pudrían, a algas que se secaban al sol, al pescado en putrefacción; olor de yodo, de salitre; texturas languidecientes entre lo sólido y lo líquido; vida entre un mundo que te envolvía como una campana hueca, y otro que te recogía, te abrazaba, se te pegaba como un aceite pesado, punzante de valores salinos: ese Misent ya no existe; lo han sustituido todas estas casas en construcción. las plumas de las grúas cruzando el aire, las calles a medio asfaltar. Esta mañana ha vuelto a recordar las palabras que escribió Brouard en el periódico local hace unos meses, un artículo de denuncia de los abusos urbanos que también firmaron ellos: Juan, Matías, Silvia, los grupos ecologistas y algunas personalidades de la ciudad. Fue ella la que le dio a Brouard la idea para aquel texto, que decía: Vivimos en un lugar que no es nada: derribo de lo que fue y andamio de lo que será".
Chirbes (País Valencià, 1949) escribió Crematorio poco antes de la quiebra de Lehman Brothers, y del estallido de la burbuja inmobiliaria en el estado español. Para entonces, la costa mediterránea en general y la levantina en particular, se había llenado de edificios colosales y horteras a golpe de recalificaciones y chanchullos. Derruir lo anterior, construir un edificio nuevo y hacerse de oro en el proceso; para los constructores como Rubén Bertomeu, protagonista de la novela, de eso iba el juego. El impacto que esto pudiera tener en la biosfera o en las vidas de otra gente es algo completamente irrelevante para los de su clase.
El Misent de Crematorio es una ciudad ficticia que le sirve a Chirbes para sintetizar ese episodio de la historia de nuestro país todavía inconcluso. Una ciudad en un eterno sinsentido, derruyéndose y construyéndose de nuevo en función de las ganancias que se generan alrededor de ese proceso para un manojo de gente muy concreta y no de las necesidades de su gente: edificios de cristal y metal caliente friéndose bajo el sol del verano; playas atestadas de turistas ingleses o alemanes chamuscados. Existe una correspondencia entre el paisaje físico de la novela de Chirbes y el mundo emocional y psíquico de sus personajes. La destrucción externa va acompañada de una destrucción interna. Tal vez de ahí la cita de San Pablo que abre el libro:
"Nadie vive para sí mismo, nadie muere para sí mismo".
Pero más allá de la especulación inmobiliaria y de la corrupción que le es intrínseca, Crematorio para mí trata también de la elaboración intelectual, en exceso vacía y superflua, a la que recurrimos para salvarnos de nuestras incoherencias y de nuestra traición a las ideas nobles y justas que un día sostuvimos. Muchos de los protagonistas de la novela han tenido un pasado de militancia, pero han sucumbido al pragmatismo propio de su clase. Chirbes señala su incoherencia: criticar las consecuencias de un modelo de negocio mientras uno goza de sus beneficios y comodidades, de sus privilegios como clase dominante. Una posición muy cómoda y no exenta de una contradicción palpable. ¿Se puede nadar y guardar la ropa? Por eso, en este caso, hay una desconfianza a cierto tipo de intelectual que, a diferencia de otros, dispone de la capacidad y de los recursos culturales para disfrazar sus miserias propias con retórica. Pienso en personajes como Silvia, Juan Mullor o Matías Bertomeu y creo que encajan en esta categoría.
La novela empieza con la muerte de Matías Bertomeu, tras la cual cada personaje debe encontrar su nuevo lugar dentro de las nuevas circunstancias, en medio de la amargura y el vacío que aquel deja. Cada capítulo contiene la perspectiva de un personaje, y a través de ellos iremos conociendo no sólo al fallecido, sino a su familia, sus amistades, y la forma en que se genera la fortuna familiar. No hay que engañarse: Crematorio no es una novela fácil sino densa y pesada, con largos capítulos sin separaciones de párrafos. En ocasiones puro monólogo, pura digresión, no ocurre nada y a la vez ocurre todo. Exige un cierto grado de autodisciplina y de atención sostenida por parte del lector pero, si consigue aguantar, sin duda sus esfuerzos serán recompensados con creces. La novela de Chirbes también tuvo su adaptación a la televisión española en 2011 con una magnífica serie homónima, escrita y dirigida por los hermanos Sánchez-Cabezudo y protagonizada por Pepe Sancho.
"Pasado el tiempo, Misent, la ciudad que tanto llegó a odiar en su adolescencia, le vuelve con melancolía, la echa de menos: el agua fría que extraía el motor, chapoteando sobre la superfície cristalina de la balsa en la que ponía a navegar el barco que le regaló Matías. Imaginaba viajes con un atlas en la mano, las playas y acantilados desiertos bajo un deslumbrante cielo azul, las paredes limosas de la balsa en la casa de la abuela, eso es el Misent que añora, y los delicados dibujos de los fondos marinos cuando los miras con las gafas de buceo. Piensa en esas cosas de su infancia y se le saltan las lágrimas. No puede soportar las ganas de llorar, pero es que esta mañana todo le parece deprimente: los coches, el metal fundiéndose al sol en el aparcamiento desordenado y repleto. Matía decía: Puedes librarte de todo cuando ya lo llevas dentro...".
Deléitense con la prosa sensorial y omnipotente de Chirbes, con su capacidad de abarcarlo todo. Yo me declaro ferviente admirador suyo y ya me dispongo a afiliarme a su club de fans.

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