Vidas cruzadas (Raymond Carver, 1993)

Título: Vidas cruzadas.
Título original: Short cuts.
Autor: Raymond Carver.
Año de publicación: 1993.
Editorial: Anagrama.
Traducción: Jesús Zalaika, Benito Gómez Ibáñez y Mariano Antolín Rato.

“Tenía la mirada fija en un punto, y entonces las vio. Eran docenas y revoloteaban y se precipitaban en línea recta justo debajo de las espesas nubes: aves marinas, aves que llegaban desde el océano a aquella hora de la mañana. La calle estaba oscura por la bruma que aún descendía despacio, y hubo de avanzar con tino para no pisar los caracoles que se arrastraban pesadamente por la acera mojada. Un coche con los faros encendidos aminoró la marcha al pasar a su altura. Pasó otro coche. Y luego otro. Miró en torno: obreros de los aserraderos, se dijo entre dientes. Era lunes. Torció una esquina, pasó por delante de Blake’s: persianas echadas, botellas vacías de pie junto a la puerta, cual centinelas. Hacía frío”. 

En algún momento, tarde o temprano, teníamos que hablar de Carver. Los cuentos de Carver, esos abismos breves a los que asomarse duele y da miedo, tal vez porque no es difícil reconocernos en ese vacío. Sus historias aparentemente banales, insertas en una cotidianeidad lánguida y por todos reconocible, son narradas con sencillez y sobriedad, pero dejan un poso. Hay algo de inaprensible en ellas, como si tras esa banalidad hubiera una verdad profunda que se nos escurre entre los dedos. La literatura de Carver, en este sentido, deja mucho más fuera que dentro de sí misma. Nunca alcanzamos a saber qué piensan o sienten realmente los personajes, pues tan sólo vemos lo que hacen y dicen. Les vemos beber alcohol, eso sí (en los cuentos de Carver el alcohol corre a raudales, como lo hizo en su vida personal). Les vemos conducir, sentarse en el porche, charlar con el vecino, relacionarse con la pareja y los hijos o cometer infidelidades mientras tratan de apuntalar la fachada apacible y artificial de una familia de clase trabajadora aspiracional. Los cuentos de Carver están llenos de preguntas sin respuestas, de grietas que se intuyen pero quedan sin explorar, como si bajo la superficie de la narración corrieran ríos subterráneos que escuchamos pero no logramos ver. Leerlos es asomarse a las desgracias privadas que acontecen en cualquier casa del noroeste estadounidense, sin emitir juicios ni sentencias.

En Carver también se pone en valor la precisión y la eficacia a la hora de narrar, aplicando el “menos es más” y llevándolo a su máxima expresión. Esa contención está cargada de intencionalidad, la de alguien que sabe perfectamente qué quiere decir y qué no. Por algo en EE.UU los autores del “realismo sucio”, como así los denominamos en Europa, reciben el nombre de “minimalistas”. A John Gardner, uno de los referentes de Carver, se le atribuye una frase ilustrativa en este punto: “no uses veinticinco palabras para expresar lo que puedes decir en quince”. El editor de Carver, Gordon Lish, seguramente también reforzó esa austeridad que caracteriza a la prosa de sus cuentos. 

Estos días he estado leyendo “Vidas cruzadas”, un libro de edición póstuma que reúne textos de “Catedral” (1986), “De qué hablamos cuando hablamos de amor” (1987) y “¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?" (1988) entre otros con traducciones de Jesús Zulaika, Benito Gómez Ibáñez y Mariano Antolín Rato. El resultado son nueve cuentos y un poema, “Limonada”, que a su vez inspiraron la película homónima de Robert Altman estrenada en 1993 y cuyo visionado puede ser un buen complemento a la lectura. Altman escribe también la introducción del libro. 

Raymond Carver, en cualquier caso, fue un autor que durante toda su trayectoria literaria sólo publicó cuentos debido en parte a la economización del tiempo que le exigía una vida multiempleada. Hoy ocupa un lugar referencial en la historia de la literatura, considerado padre del “realismo sucio” e inspirador de muchos otros autores, pero tampoco conviene olvidar que Carver no nace de la nada, sino que siguió la estela de otros autores como Cheever o Hemingway, pero siempre aplicando su propio estilo y su visión del mundo. 

Tras haber sabido que le han sido infiel, un hombre sale de su casa y deambula en la sórdida noche; una mujer se siente frustrada e insatisfecha con un trabajo que no le llena; unos amigos deciden seguir pescando cuando encuentran un cadáver en el río; un matrimonio sueña con vivir la vida de sus vecinos. Los relatos presentes en “Vidas cruzadas” pueden ser una fantástica forma de adentrarse en el mundo de Carver, una antesala a los libros sobre los que él erigió su catedral literaria. Al leerlos encontrarán, como ya se ha dicho, sencillez y concisión, pero también una profunda humanidad y compasión por la gente común y sus dramas cotidianos. Lean a Carver y verán que, en el fondo, todos compartimos una misma herida.

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