El tejedor (James Sallis, 1992)

Título: El tejedor.

Título original: The long-legged fly. 

Año de publicación: 1992.

Editorial: RBA.

Traducción: Mireia Porta i Arnau.


"Me quedé sentado un largo rato sin moverme, pensando en cómo había sido la relación con mi padre: las esperanzas y las desilusiones, las peleas, las recriminaciones, los malentendidos, todo empeorando a medida que transcurría el tiempo. Pero también había cosas buenas por recordar y finalmente alcancé a verlas. Papá y yo trabajando en mi primer coche en el patio trasero, un viejo cupé Ford desvencijado. Desayunando juntos y viendo nacer el día en el bosque que dominaba el pueblo, donde cazábamos ardillas y conejos y tropezábamos con pequeñas balas de cañón de la guerra civil que siempre lo sumían en un silencio reflexivo. La noche que sacó su vieja trompeta y tocó blues para mí aquella primera vez, cuando me di cuenta de que al fin y al cabo había tenido una vida antes de que llegara yo, una vida que nada tenía que ver conmigo y que mi propia pena era, al fin y al cabo, universal".


Estos días de abril dediqué buena parte de mi tiempo a leer "El tejedor" de James Sallis, sin duda una de mis lecturas favoritas en lo que llevamos de año. Sallis falleció el pasado enero a los 81 años y no he encontrado una mejor forma de homenajearle que leyendo uno de sus libros. El hallazgo ha sido inmenso. No deja de sorprenderme que una novela tan breve (el libro apenas llega a las doscientas páginas) pueda contener dentro de sí un pedazo de vida tan grande. Describir un libro tan singular y distinto de otros no es una tarea fácil. Quisiera hacer justicia a lo mucho que me ha gustado.

El libro que nos ocupa es el primero de una serie de seis novelas protagonizadas por Lew Griffin. Le siguen "Mariposa de noche" (1993), "El avispón negro" (1994), "El ojo del grillo" (1997), "Moscardón azul" (1998) y "Ghost of a Flea" (2001). Esta última, por lo que parece, aún no ha sido traducida al castellano.

Lew Griffin, el personaje que protagoniza la novela, es un hombre afroamericano que se gana la vida como detective privado en la Nueva Orleans previa al Katrina. Lamento decirles que si están esperando un detective al uso hecho a la medida del cliché, lo más seguro es que ésta no sea la novela que buscan. Griffin, pese a cargar cierta amargura dentro de sí, tiene un arco narrativo de lo más original. A raíz de un ingreso psiquiátrico, Lew encontrará la ternura que habita en él y desarrollará una forma de relacionarse más saludable. Lew cultiva asimismo un gusto por la literatura, la música y la cultura en todas sus dimensiones, así como por el café y el vino. Es agradecido y sabe corresponder a la amabilidad de los demás. Se le puede reprochar, sin embargo, haber sido un padre ausente, así como tal vez su padre lo fue con él, pues en la narración se intuye que entre ellos no hubo una buena relación. Su interés por la literatura, en un momento dado, se traducirá en un sorprendente cambio de profesión. Abandona el trabajo de detective para desarrollar su labor como escritor y, de vez en cuando, trabajar como profesor suplente impartiendo literatura francesa.

Junto a él conoceremos a algunos personajes secundarios interesantes como Don Walsh, sargento de policía y viejo amigo de Lew; LaVerne, trabajadora sexual con la que Lew tuvo una larga relación; y Vicky, enfermera del psiquiátrico en el que Lew estuvo ingresado. La novela está estructurada en cuatro partes, con grandes saltos temporales entre ellas, por lo que conoceremos a Lew en diferentes momentos vitales. Esto aporta al personaje una complejidad y humanidad inusitada.

El texto destila las grandes pasiones de su autor: el cine; la literatura (menciones a los clásicos del género: Hammett, Chandler, MacDonald y su admirado Chester Himes, de quien escribió una biografía); la gastronomía cajún (trucha, achicoria, arroz con frijoles) y, cómo no, la música, en especial el blues (referencias a Robert Johnson, Bessie Smith, Bukka White y Sonny Boy Williamson). No por nada el propio Sallis fue un estudioso y apasionado practicante del jazz.

Chester Himes: a life (James Sallis, 2000).

El concepto del tiempo es clave en "El tejedor". Su curso inexorable nos aleja de gente a la que amamos y nos arrastra hacia otras costas en las que, eventualmente, nuevos vínculos serán establecidos. En este sentido, las pérdidas que transitamos son entendidas como un hecho insoslayable que debemos abrazar. De nada serviría oponernos a ellas, pues la pérdida es parte intrínseca del proceso vital. En su lugar, Sallis se propone encontrar la belleza que reside en la decisión de despedirse con serenidad y agradecimiento. A lo largo de la trama, Lew Griffin entabla relación con personas a las que llega a querer profundamente. Los caminos de esa gente, en algún punto, se alejan del suyo. Él lo asume sin enfado y sigue adelante, pues sabe que aún en el caso de aferrarse al pasado no podría recuperar lo que anhela. Es a través del tiempo que su historia se entreteje con otras, y luego con otras, y así indefinidamente.

Y, de fondo, Nueva Orleans. Una ciudad diversa, con herencia africana, antillana y europea. Levantada sobre las espaldas de los esclavos, quienes hicieron del blues una herramienta de resistencia. No es extraño que esa ciudad respire música por todos sus poros. 

"Todos creamos nuestras vidas con retazos, un trozo de libro por aquí, el título o el texto de una canción por allá, reminiscencias de personas que hemos conocido, fragmentos de películas; imaginándonos a nosotros mismos viviendo según esa imagen, y luego pasando a otra y luego a otras, improvisando y avanzando día tras día a través de los años".

Sallis, a través de Lew Griffin y de su propio talento para narrar, nos invita a hacer algo de provecho con la soledad que llevamos dentro: vivirla con dignidad, aceptarla, y a partir de ahí tratar de nutrir nuestra vida y la de quienes nos rodean. Con libros, con blues, con películas, con ternura. Probablemente a estas alturas ya esté tomando una copa con Himes y los chicos en algún lugar. A nosotros sólo nos queda decirle au revoir, James como dirían en Nueva Orleans.

James Sallis (1944-2026)


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